Hermanos Juramentados de la Espada Negra
La cuarentena y yo: día 4
19-3-2020 11:24
Por Verion
Tenía pensado escribir algún día sobre la inseguridad jurídica que plantean las medidas de cuarentena por el coronavirus, y lo que leí ayer en el BOE me ha hecho definitivamente decidirme. Para aquellos que no estén familiarizados con el concepto, existe inseguridad jurídica cuando dada una acción, no tienes ni idea de qué pena se te puede aplicar (más o menos).

En el caso de la cuarentena del coronavirus está relativamente claro lo que es punible y lo que no, pero no así la pena por hacerlo. Las sanciones por saltarse la cuarentena se enmarcan dentro de la ley de seguridad ciudadana, popularmente conocida como ley mordaza -esa que el gobierno dijo que cambiaría-, y por lo tanto lo que nos puede caer por romper la cuarentena está entre 600 euros y 600.000. Y aquí, en mi opinión, está la inseguridad jurídica.

De acuerdo que los tramos más altos están únicamente para quien pone en riesgo la salud pública y todo eso… pero como eso es subjetivo, alguien puede decir a otro alguien que darse un paseo pone en peligro la salud pública y estar en el tramo mayor.

Decir que te pueden poner una multa entre 600 y 600.000 euros es como decir que te pueden dar una bofetada con la mano abierta o golpearte con un martillo pilón. 600 euros joden, pero salvo casos raros no te condenan la vida. Si te multan con 600.000 euros (¡y mucho menos!) básicamente te están condenando a esclavitud de por vida.

Aquí alguien podría decir: “es que no debes saltarte la cuarentena, ¡tendría que haber cárcel”. Bueno, cabe decir que en todos estos asuntos debe haber cierta proporcionalidad, porque si no acaban ocurriendo desmanes peores que el mal que se pretendía evitar. Supongamos que por la causa que sea alguien determina que debe coger el coche fuera de la ley, pero en un momento dado la policía le ordena el alto. El sujeto puede en ese momento tener miedo a una pena que le estropee su vida para siempre, e intente darse a la fuga o iniciar una acción hostil temeraria hacia la autoridad con resultados nefastos para la vida de personas y la integridad de objetos y estructuras.

Este tema me resulta particularmente miserable porque según la ley es punible viajar con otra persona en un vehículo, algo que me pone un poco nervioso. Hace un año yo llevaba a mi madre a que recibiera tratamiento de quimioterapia para su cáncer cuando el estado no le había reconocido su incapacidad. Hoy en día no habría podido llevarla sin exponerme a una multa de cuantía enorme. Pero en su lugar sí podría haber ido en transporte público… ¡incluso conmigo!

Algún defensor del gobierno podría decirme que el transporte de mi madre enferma de cáncer es una “causa justificada”, pero eso no está definido y entrará dentro de la subjetividad del policía y el sistema legal, dos entidades que no me despiertan confianza en absoluto. Y en cualquier caso no hace falta demasiada imaginación para plantear situaciones en las que esa prohibición lejos de no reducir el contagio, lo aumenta. El redactor de este artículo deja ese ejercicio para cada uno.

Yo soy de la opinión de que estas medidas no las ha pensado un necio que no sepa lo que hace, sino que en las cercanías del gobierno habrá algunos expertos a los que los políticos harán caso de vez en cuando. Entonces yo me pregunto, ¿qué sentido tiene limitar el número de personas en un coche y luego permitir absolutamente el transporte público? En negrita, que para mí es el punto de inflexión de todo.

Y la respuesta que encuentro es simple: lo que se busca evitar no es tanto que vayamos dos personas juntas a trabajar, o hacer la compra, o al banco. Lo que se pretende es evitar los desplazamientos de larga distancia, especialmente los que se puedan producir dentro de poco durante la semana santa.

Esto sí tiene sentido, claro. Y habrá quien piense que es una forma de obrar razonable para garantizar El Bien Supremo, pero yo no creo que esto sea una vía buena en absoluto. Voy a desgranarlo un poco más.

Si lo que preocupa al gobierno son los desplazamientos de larga distancia, podría haberlos prohibido explícitamente, pero es mucho más difícil de vigilar y es mucho más complejo. Ver que solo hay una persona en un vehículo es fácil para un oficial de seguridad, incluso automático con las cámaras que verifican el cinturón de seguridad.

Pero esto es una escusa malísima, es lo que se suele decir “matar moscas a cañonazos”, y cuando se trata de los derechos de los ciudadanos, no se debería disparar cañonazos a lo loco. Imaginemos, por ejemplo, que se quiere evitar el pánico y los movimientos anti vacunas, y que hay un grupo de personas que están utilizando internet para este medio. No sería aceptable para impedir el pánico cortar internet a toda la población. Sé que suena a exageración, pero aún estamos en el cuarto día de la cuarentena.

Esto es un camino muy feo porque mediante esta forma de obrar el gobierno demuestra que no tiene ninguna confianza en el pueblo, que lo ve como un ente infantil que no va a saber comportarse y que debe ser tutelado en todo momento con fuertes multas y medidas draconianas. No nos puede obligar a llevar una aplicación de big data, pero puede multarnos por respirar.

En cierto sentido podría comprenderlo, he visto que muchos miembros del pueblo español viven extremadamente cómodos en una ilusión de control en la que exacerban su indivisualismo, normalmente mediante el consumismo, pero también mediante la manifestación pasiva de los derechos que ahora se ponen en entredicho. Pero es que yo puedo permitirme incluso ser abiertamente despectivo con una persona o colectivo porque soy un particular sin ningún poder, y desde luego no voy saliendo en ruedas de prensa cariacontecido diciendo que entre todos los vamos a superar. Esa hipocresía me pone de muy mal humor.

Además, esa desconfianza no puede ser unidireccional, al menos no mucho tiempo. Yo mismo me siento irritado de que ahora me digan que no puedo ir con otra persona en el coche para ayudarla cuando hace once días permitían ¡y recomendaban! manifestaciones multitudinarias y mitines políticos. Yo creo que este desacierto será evidente para cualquier persona, incluso para sus más fieles votantes, al menos cuando pase el tiempo. Y también creo que el otro ente, la población, no aguantará indefinidamente el desprecio y la falta de confianza del gobierno. Bueno, quizá no estalle en una revolución violenta, pero creo que de alguna forma tendrá que pagar.

O quizá en realidad ya lo está pagando. O sea, yo creo que muchísimos sabemos que esos tipos del congreso (¡no solo del gobierno!) son unos mentirosos, unos ladrones y unos convenidos. Así que la desconfianza que tienen en el pueblo en realidad es mutua. ¿Y se parará aquí?

No soy adivino, no sirve de nada hacer vaticinios. Supongo que la verdad se verá en transportes públicos hacinados de trabajadores. En alguno de ellos habrá un tipo como yo acompañando a su madre con cáncer al hospital. En realidad eso no importa porque en realidad ninguna persona enferma importa, únicamente cuando son muchas y ponen en peligro lo que de verdad importa: la economía.


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