Hermanos Juramentados de la Espada Negra
El camino a la muerte
24-10-2015 11:34
Por Verion
No tengo mucho preámbulo, aunque sí comentaré cosas en el final. La partida más intensa que he jugado como jugador.

Nelk se preguntó cómo la conversación con Kadhaj había llegado a ese lugar.

-¿Es que tienes miedo a la muerte? -le había preguntado.


Todo se había producido en el contexto de una discusión después de que un enviado de las tribus del desierto hubiera llegado al templo. Kadhaj había tenido algunas palabras con él, y por lo que le habían contado el enviado de las tribus había señalado su desprecio por la forma de agricultura que habían estado practicando los campesinos de Msrah. La cosa había terminado en una pelea, y después habían tenido una discusión que no lograba recordar. Ni siquiera lograba pensar demasiado en ella, solo lograba pensar en que era verdad: tenía miedo a la muerte.

Tan solo unas semanas atrás ni siquiera se pensaba si tenía sentido vivir o morir, simplemente se lanzaba contra sus enemigos allí donde estuvieran, y se demostraba a sí misma que era mejor de lo que todos esperaban. Buscaba la aprobación de los demás por encima de todo… pero eso había pasado a importarle menos. Y sí, tenía miedo de morir. Y le daba vergüenza reconocerlo. ¿Cuánto podía cambiar la vida de una persona en unas semanas?

No tuvo tiempo de pensar demasiado en el asunto, pues Msrah reclamó la presencia de todos para llevar a cabo el plan que habían decidido. Ella se había sentido orgullosa de que algunas ideas fueran, de hecho, suyas.


Sabían que iban a ser atacados por tropas harrassianas a las que los propios najshet daban información, pero no sabían cuando se iba a producir ese ataque, así que no podían recurrir a las tropas del valle Najshet. El plan consistía en que Jebertep, capitán de la guardia real, dijera a sus aliados progresivamente que el medallón estaba en el templo de Hampatuf, y que enviara a las tropas. En función al momento del ataque, sabrían quien era el traidor.


Conseguir estar con Jebertep a solas para darle esa información era la parte complicada para la cual ella tenía que crear la situación, y creía tener, de hecho, una forma de conseguirlo.


El plan tenía muchas más partes. Llevaban una nota falsa para confundir a sus adversarios, pero también una idea de su propio aporte: dejar caer que el amuleto no estaba en Hampatuf, sino en el destruido templo de Sohaila. Ahí podrían posicionarse un grupo pequeño (en el que ella deseaba estar) contra el que no podrían mandar un gran ejército, dado que escaparían. No, mandarían buenos hombres, gente de confianza e importante. Gente con la que librarse del rencor, y a la que interrogar.


Pero durante el viaje a la capital no pudo más que preguntarse si estaba preparada para alguna de esas cosas, porque era cierto que tenía miedo a la muerte.


Le disgustó comprobar que Kadhaj intentó convencer al grupo, formado en ese caso por Msrah, Dafne, cuatro furias y ellos dos, de que le ayudaran a cumplir su venganza personal contra su hermano, que le había usurpado el puesto en el pozo de furias. El pozo del que de hecho habían escapado semanas atrás, y que miraba desde fuera con más calma.


No se metió en la conversación, aunque tenía ganas de gritarle que no era el momento de venganzas personales. No obstante al final se sintió convencida: Kadhaj había perdido su propia libertad, y quedaba muy poco de lo grande que había sido en el pasado. Podía entender que quisiera vengarse, y se le ocurría como podía colaborar.


-Yo entro en ese pozo como Najshet en la casa de Liana -aportó.


-¿Y qué? -preguntó Kadhaj.


-Que puedo intentar engañar a tu hermano.


-¿Pero qué dices? ¿Es que no te das cuenta de que llevas la palabra “culpable” tatuada en la frente?


Culpable. ¿Por qué siempre le perseguía esa maldición? De golpe todo encajaba: claro que tenía miedo a la muerte, se había olvidado completamente de esa marca, de que no era una persona aceptada por Najshet. Que nadie la querría.


Era el maldito momento de morir.


Se separó del grupo y avanzó por su cuenta, y solo se dio la vuelta cuando fue consciente de que Dafne la estaba siguiendo.


-¡¿Qué crees que estás haciendo?! -le gritó-. ¡¡Eres una estúpida si crees que puedes protegerme!! ¡¡Lárgate, no quiero tenerte cerca!!


Y se fue. En realidad habría querido gritarle todo lo contrario. Habría querido darle un abrazo para despedirse, y decirle que le había ayudado mucho. Pero eso no habría funcionado.


-Vuelve con Msrah.


El resto no resultó del todo complicado. Entrar en el templo fue algo muy sencillo. Reunir a las furias sin llamar la atención… cosa de un rato, y convencerlas de amotinarse contra los guardias… muy fácil. El combate contra estos sí fue algo bastante más complejo, pero tal y como cabía esperar, sus tres compañeros se unieron por su cuenta y Kadhaj dio muerte a su hermano, tal y como llevaba deseando hacer desde hacía meses. Ni siquiera había sido muy locuaz, solamente había gritado su nombre antes de lanzarse contra él con su mangual de dos manos.


Kadhaj resultaba temible manejando ese arma. Era un hombre fuerte y obeso que se movía con poca gracilidad, pero su arma complementaba esa lentitud, y le dio la superioridad que necesitaba en ese combate.


Poco después llegó la guardia real capitaneada por Jebertep. Ella ordenó a las furias rendirse, era un combate ridículo.


-¿Qué es esto, Msrah? -preguntó él, iracundo.


-Es tu momento -susurró ella para sus adentros.


Y lo hizo bien. Se acercó a hablar con él en privado y le entregó la nota en aceptable secreto, en plena calle, pero lejos de los políticos que lo vigilaban. Después se había referido a ella.


-Serán todas azotadas. Por tu culpa -le dijo.


-Ha sido mi culpa, Jebertep -dijo ella-. Castígame a mí.


-¿Y cargarte de todo el sufrimiento que deseas? No. Serán todas azotadas. Llevadlas al pozo.


Al final las cosas habían salido más o menos bien. Las furias la odiarían, y Dafne la miraba con ojos despectivos, pero habían conseguido lo que pretendían. Podrían defender el patrimonio de los dioses gracias a Jebertep, así que solo tenían que volver al templo, y ejecutar la segunda parte del plan: dirigirse al templo de Sohaila para encontrarse con la élite de sus enemigos.


Pero antes de salir de la ciudad un joven empleado que recordaba de la arena reclamó a Msrah. Por lo visto había cumplido el mes desde la primera pelea, y habían de cumplir con lo pactado. Ella no deseaba volver a entrar en la arena, pero sabía que Msrah necesitaba dinero.


Se reunieron con el promotor de combates, y Msrah discutió con él en harrassiano. Más tarde le explicaron que ella combatiría contra unos cuantos enemigos y los vencería, y que después le atacaría un número superior, y finalmente se le uniría Kadhaj. Uno de esos lamentables expectáculos harrassianos.


-Han dicho que tienes que ir sin armas hasta la sala en la que te cambiarás.


-¿Por qué? -quiso saber ella.


-Por lo visto no gustó que salieras con tus espadas la última vez.


-Bueno, pues hasta la habitación iré armada, no sea que sea una trampa.


¿Y qué trampa podía ser? La pelea se anunció, el organizador quedaría fatal ante el pueblo si no daba un buen espectáculo.


En esa ocasión Msrah se dirigió a las gradas para aprovechar las apuestas, y Dafne la acompañó. Kadhaj y ella se dirigieron a la sección inferior.


-Iréis cada uno desde una habitación -les informaron.


-Esto huele fatal -le dijo Kadhaj.


-Creo que es una trampa -confirmó ella-. Pero no entiendo qué tipo de trampa. Creo que en la arena no nos espera lo que nos han dicho.


-¿Lo dejamos? -propuso él.


-No. Hemos venido aquí a luchar.


-Si ocurre algo, grita.

Así que entró en la sala, y se quedó sola. Estaba rezando a Liana cuando escuchó demasiados pasos desde el pasillo. Intentó abrir la puerta de la arena, pero estaba totalmente cerrada. Intentó volver al pasillo, pero se encontró con seis miembros de Carsij que entraron en la sala y cerraron la puerta.

-¡Hijos de una hiena!, ¡¡KADHAJ!! -gritó.


No estaba dispuesta a regalar su vida, pero sabía que seis oponentes de la caballería eran demasiado incluso para su forzado aprendizaje. Se lanzó contra el primero y logró hacerle una importante herida antes de mal evitar los ataques del resto. Sabía que moriría antes de matarlos a todos, sabía que caería agotada antes de que lo hicieran ellos. A cada golpe sobre su cuerpo ya desprotegido sentía la humillación de haber caído en una trampa tan lamentable. Sentía vergüenza, sentía miedo, y sentía asco de sí misma.
Consiguió pese a todo acabar con un segundo oponente, pero estaba agotada, y su muerte estaba ya muy cerca. Se preguntó entonces, antes de que llegara la muerte, si ese el castigo que les esperaba a todos. Sohaila había caído por traicionar a Liana, y ella había intentado hacer lo mismo prostituyendo sus habilidades. Eran todas y todos putas de Harrassia. Merecían morir en vergüenza.


-Mierda -dijo al fin, sabiendo que sería su última palabra.


Pero la puerta se abrió de un golpe y dejó entrar a la impresionante masa de Kadhaj, quien con su letal mangual desequilibró el combate en muy pocos momentos.


-¡AAAAAAAAAARGH! -gritó ella entre lágrimas de frustración-. Joder, deja a ese vivo, Kadhaj, ¡deja que esas ratas vean quienes somos!


Abrieron la puerta de la arena, y ella salió con el asustadísimo soldado. Ahí señaló al promotor, quien estaba acompañado de un oficial militar. Después decapitó al soldado, y arrojó su cabeza.


-¡Nelk, vuelve! -escuchó decir.


En la sala estaba ya todo el grupo preparándose para el combate. No le hacía falta que le explicaran lo que pasaba: nadie organizaba todo ese lío para matar a una furia. Era una trampa para Msrah, y el combate que les esperaba sería aún más duro.


El camino que los separaba de la libertad resultó estar ocupado por un grupo de viente soldados. En esos momentos ellos habían pasado a ser ocho, pero cinco de ellos eran combatientes mediocres. Supo que morirían ahí, y sintió lástima, pero no tanto por sí misma como por Kadhaj, quien por fin se había vengado de su hermano, por Dafne, que no podría encontrar su destino con Liana, y por Msrah, quien pese a todo nunca luchaba por sí mismos, sino por Taharda.


Pero se lo harían pagar caro a los harrassianos. A fin de cuentas, pese a la inferioridad numérica, sabían compenetrarse mucho mejor en una escaramuza que los poco originales soldados, acostumbrados a vencer a sus oponentes desde el caballo, y de nuevo su espada tocó carne con gran placer. Pero no todo iba bien: Kadhaj recibió más golpes de los que parecía razonable aguantar, y bordeaba la inconsciencia, y una de las furias había sido atravesada por una espada harrassiana. Estaban al borde de la extenuación, y solo habían reducido a la mitad a sus enemigos.


Pero aunque sin duda Liana estaba descontenta por cómo se habían convertido todos en putas de Harrassia, Taharda parecía complacida con la muerte, y en un momento pudo sentir a Msrah tan alineado con sus energías como cuando meditaba en el templo, y ella pudo incluso fundirse con esa energía y apoyar a la terrible manifestación que invadió el cuerpo de los harrassianos. Estos se sujetaban el pecho mientras su alma escapaba de sus cuerpos y partía para alimentar el poder de la diosa de la muerte. Taharda les había traído lo que necesitaban para vencer.


Ella cerró los ojos


-Gracias, misericordiosa -dijo para sí misma.


Por supuesto, no se quedaron a descubrir cómo iban a seguir las cosas por la capital. Era evidente que eran unos criminales muy buscados, y que no podrían volver en muchos años, si es que alguna vez volvían.


Se lamieron las heridas de camino al templo de Hampatuf, donde ella deseaba que se produjera la batalla final, pero esta ya se había producido de una forma que no esperaban: una sacudida de tierra había convertido el templo en escombros. Y para colmo, un mensajero de Jebertep apareció muy poco después con un mensaje.


-No puede enviar a las tropas del valle -comunicó Msrah.



Como siempre, mis notas
  • El templo se lo cargaron los tribales con poder de terremoto. Madre mía.
  • En realidad la partida tuvo más contenido, pero para la narrativa no queda del todo bien. Ya lo escribiré más adelante.
  • Esta partida fue horriblemente tensa. Salí con un dolor muscular en la pierna derecha de la tensión. Para mí tuvo un enorme potencial evocador porque en la escena de las seis carsij sentí fuertemente la lástima de Nelk. Cuando trabajaba en la seguridad privada yo mismo me encontré en una situación así, y aún recuerdo el miedo a pensar en qué harían conmigo cuando quedara inconsciente, y el sonido sordo de los golpes contra mi cuerpo.
  • No va a haber partida en algunas semanas. ¡Hasta la vista, Creador! ¡Descansa!


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