Hermanos Juramentados de la Espada Negra
Ser una víctima no convierte a alguien en una buena persona
15-3-2018 11:26
Por Verion
Hace un par de días Célica Soldream, compañera mía en la creación de fRáGiL, fue la invitada en una vídeo entrevista realizada por Sirio Sesenra. Célica reconoció ser feminista pero apenas activista, pero aún así tuvo mucho que decir sobre los males sociales que están dentro de nuestra afición.

Quizá muchas personas hayan empezaran por restar importancia a ciertas actitudes negativas hasta quedar convencidas de que los testimonios más espantosos ocurrían de hecho, y entender de esta forma que formamos parte de un colectivo que aún tiene mucho margen de mejora.

Yo entiendo que esto es así, pero aún así quiero hablar de otra historia que es la mía y la de muchos conocidos míos que hemos vivido una realidad diferente. La centraré un poco en mí, pero simplemente porque es el ejemplo más fidedigno que tengo al alcance... y porque no tengo permiso para contar historias ajenas.

Cuando yo empecé a jugar al rol, era muy joven. Tuve una par de experiencias con niños mayores, pero por aquel entonces la educación estaba segmentada por la edad, así que cuando estos dejaron el colegio, hube de formar mi propio grupo con el que compartir esta increíble forma de vivir historias que tanto me apasionaba.

Esto, dicho así, puede sonar hasta a liderazgo y seguridad, pero tristemente yo era lo que se podía conocer como un pardillo. Los otros integrantes del grupo eran lo que se podía decir pardillos iguales. Vivíamos con miedo, mucho miedo por el presente, y aún más miedo por lo que nos pudiera deparar el futuro. No éramos fuertes leones, ni siquiera rápidos antílopes. Éramos temerosos conejos a los que podía devorar cualquiera. Excepto en la parte del sexo, claro, en eso no éramos como conejos.

Y aquí viene algo fundamental: ninguna chica era lo bastante pardilla para estar cerca de nosotros. De verdad, de la buena. O quizá sí había alguna que era lo bastante pardilla, pero estoy seguro de que prefería esconderse en el servicio durante todo el recreo a que alguien la viera con nosotros.

De verdad que no puedo insistir bastante. En mi colegio los roleros eran cien por cien hombres, pero es que el cien por cien de las mujeres nos despreciaban por ser roleros. De verdad que se unían a la corriente principal de reírse de nosotros o insultarnos públicamente. Si por cualquier motivo les tocaba hacer un trabajo con cualquiera de nosotros, se aseguraban de dejar claro que no eran tan mierdas como nosotros, e incluso preferían no hacer nada y suspender el trabajo.

Yo nunca pensé que esto fuera a cambiar, ni a medio plazo ni a largo, porque como ya he dicho era un niño temeroso del futuro (mira que tenía razón).

No obstante me permito adelantarme en el tiempo al periodo de cuatro años que pasé en el instituto. En este espacio de tiempo los pringados pardillos roleros teníamos más miedo porque el lugar estaba lleno de skin heads (esos sí tenían novia, ojo). Yo contaba con que los roleros estaríamos bastante unidos y que aunque las pasaríamos canutas, sería en grupo, pero ¿adivinan? No fue así.

Los integrantes de mi grupo del colegio decidieron que ya valía de ser pardillos, y que lo fundamental en sus vidas era tener contacto con el sexo femenino, así que decidieron de la noche a la mañana no hacer más cosas de pardillos, y su afición por este ocio cambió por asistencia a la discoteca, alcohol y otras cosas. Nótese que ambas facetas podían combinarse, pero decidieron no hacerlo porque eso los habría marcado e impedido para su actividad social.

El asunto les funcionó bien y rápido. La sociedad aceptó su error y rápidamente fueron un elemento más. Obviamente esto incluía tratar a los roleros como pardillos. En verdad aquí aprendí una de las lecciones más importantes de aquella época: los roleros dejaban de serlo cuando se echaban novia.

Por fortuna conocí a otros pardillos rápidamente, y de aquella época sacamos mucho rol interesante e incluso esas partidas multitudinarias a las que se unía gente de diferentes generaciones… pero algo sí puedo garantizar, las únicas mujeres que había eran las parejas del hermano Sigeiror, una muy notable excepción en eso de los pardillos, porque el tipo no solo era el más cachas del instituto, sino que además también era el que más repartía. No lo hacía en la calle, sino que se subía a rings y dejaba a otros tíos inconscientes. Kick boxing, Tai boxing, lo que fuera, al tipo no le duraban ni un par de rounds. Y era el primero en poner sus recursos para jugar al rol, era cojonudo. Eso sí, si normalmente tus posibilidades de tener pareja eran casi nulas, con él al lado ya se reducían al cero absoluto.

Pero déjenme volver un poco atrás en el tiempo. Cuando yo estudiaba, había un concepto de viaje de fin de curso al que yo no quería acudir. Los progenitores de uno insistieron bastante en que aprendería y que me integraría y otras mierdas, así que fui medio obligado con mis pintas miserables, y por supuesto, pese a la resistencia activa y pasiva, con los dados de rol.

Esos viajes eran una puñetera mierda, o desde luego el mío lo fue. Claro que conocí algunas cosas nuevas, pero por lo general fue más rechazo de tipo variado (probablemente provocado porque era un pardillo). Pero en cualquier caso viví algo que me sorprendió. Y mira que ya me pensaba que me las sabía todas.

El caso es que estábamos unos amiguetes sentados en una mesa cenando (curiosamente había algunas chicas de otros cursos con nosotros porque no tenían que vernos el resto del año) mientras en la mesa de al lado estaba un buen grupo de compañeras de las que ni nos mirarían nunca.

Aquí ocurrió un evento bastante pernicioso y potencialmente peligroso. Estas chicas se estaban divirtiendo mucho y estaban en una ebullición adolescente que las llevó a una expresión muy evidente de su feminidad. A esto se siguió que dos hombres italianos bien entrados en la treintena se acercaron, impusieron un poco de conversación, y con escasa fineza, uno se llevó a una chica al servicio agarrada por un brazo (pese a la resistencia de esta).

Nadie iba a hacer nada. Hay que decir que por aquel entonces yo era un chaval de más de cien quilos con nula formación física, y no tenía la influencia del hermano Sigeiror, pero sí tenía una brújula moral clara, y no estaba dispuesto a permitir eso, así que elevé mi poderosa voz (más poderosa que ahora, créanme) y le indiqué al italiano que se detuviera.

El sujeto soltó a la chica y pasó a preocuparse por mí. Se puso a muy pocos centrímetros y me miró fijamente. En la oleada de cosas que descubrí fui que, a pesar de que yo era un conejito vulnerable cuando me amenazaban… era otra persona completamente diferente cuando se producía una injusticia contra terceras personas. No bajé la mirada, ni siquiera sentí particular miedo. Le dije que se marchara, y se lo dije de muy malas formas.

Y aunque fuera un pardillo, yo era un pardillo de casi dos metros y cien kilos dispuesto a matarse con aquel cabronazo, y el tío debió entenderlo, y se fue a otro lugar. Y yo me puse de mala leche, y ante el silencio posterior de todos los integrantes, que estaban blancos, me dispuse a acabar mi bocata. Pero aún aprendería algo aquella noche.

Yo era un pardillo, y seguía siéndolo. Nunca pensé que aquellas chicas fueran a agradecérmelo, ni siquiera pensaba que conocerían mi nombre, pero no solo lo conocían, sino que se acercaron a mí porque tenían miedo. Tanto, que no querían ni permanecer en el lugar, pero no querían ir a otro en el que no estuviera yo. Así que accedí, y nos fuimos a otro lugar al que no pudieran volver los italianos con amigos, cosa que a mí me reventaba: ¡¿por qué teníamos que irnos porque hubiera un matón en la zona?!

Aquí viene la lección más importante de todas. ¿Creen que me convertí en alguien popular? ¿Creen que tuve respeto cuando volví al instituto? ¡Qué va, si ni siquiera llegó a la mañana siguiente! En cuanto estuvieron a salvo hicieron lo posible por alejarse de mí, no sea que alguien se pensara que éramos amigos.

Pero yo sabía perfectamente que iba a ser así, no me llevé un chasco en absoluto. No obstante había aprendido que como tengo estas explosiones de carácter más me valía estar preparado, así que dos semanas después me apunté al gimnasio local, bajé treinta kilos, conocí al hermano Sigeiror…

En el curso siguiente me di cuenta de que había dos historias. La del rolero pardillo, y la del rolero asesino (ya saben, no había pasado apenas 1994), y mi nueva condición de persona entrenada que sabía pelearse no encajaba bien en el pardillo, así que me convertí en el sujeto peligroso del que tener miedo. Pero no el malote que ciertas chicas adoraban, sino el psicópata que ninguna quería tener cerca.

A esas alturas ya me había rendido totalmente, y en verdad no me disgustaba el respeto (en comparación con ser un pardillo), así que viví así hasta el fin de ese periodo. ¿Y acaba aquí la anécdota? La verdad es que no.

Algunos años después, cuando las cosas habían cambiado un poco, esto del rol y demás ya no era tan marginal, ocurrió que estaba yo organizando un evento en un lugar que no tiene nada que ver con los hechos citados, y una de las chicas del grupo aquel del viaje se acercó a hablar conmigo (tuvo que decirme quién era, yo no la reconocí). Se había metido en el asunto de ocio independiente, y se acercó a mí dejando a todo el mundo clarísimo que éramos amigos del instituto, y se notaba mucho que lo hacía porque eso le daba, qué cosas, prestigio. Años atrás la tía miraba para otro lado si me acercaba, joder, y de repente hablaba de la de tiempo que llevaba cerca de mis partidas.

Esta es una historia cualquiera, la de este pardillo que escribe aquí, que aprendió a defenderse pero que a la postre sigue siendo el mismo pardillo. Conozco muchas historias así que no estoy autorizado a difundir, y si bien mi panorama fue especialmente lamentable, otros no fueron mucho mejores.

Pero los tiempos cambiaron, y ahora somos parte de un colectivo machista. La mayoría de nosotros apenas hemos logrado dejar de ser esos pardillos para aquella gente de nuestra edad, pero ahora hay muchas personas más jovenes para la que somos de alguna forma una referencia (aunque sea como ejemplo negativo).

Personalmente nunca he juzgado a personas actuales por el daño que me hicieran personas pasadas, y de hecho tampoco juzgaría a esas personas… porque a fin de cuentas también son personas diferentes a las que eran entonces. Pero quizá el problema sea que otros sí que lo hagan. Ya saben, ese concepto de que las víctimas de bullying con facilidad también causantes de bullying. Quizá otras personas que aprendieron desprecio en el pasado son ahora potenciales agresores machistas y matones en general (de esto he visto mucho).

Quizá una de las tragedias de la existencia es que ser una víctima no convierte a alguien en una buena persona.

Juego mucho al rol. Juego mucho con personas más jóvenes que se sientan y me toman en parte como una referencia de cosas que fueron de una forma u otras cosas que se pueden hacer. Me ocurre muchos fines de semana, pero también me ocurre en jornadas. En esas en las que hay miles de personas que todas vienen a sentirse todos lo mismo porque juegan al Catan o han visto Star Wars.

Pero desde mi punto de vista no lo somos. Los que jugamos al rol seguimos siendo una minoría que, sumida en dicho conjunto absurdo ha conseguido algo que parece imposible: la normalización y el respeto. En este panorama, queramos o no, tenemos que afrontar los retos que nos toca, y desde luego no los que vivimos algunos en el pasado.

Ya a nadie preocupan esos pardillos cuyo sufrimiento ha sido olvidado. A mí sí, pero yo soy uno más.


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Re: Ser una víctima no convierte a alguien en una buena persona
15-3-2018 12:33
Algunos buenos jugadores de rol lo cambiaron después del instituto, (o después de la universidad o después de...) por chicas, porros, alcohol...

Es el ciclo natural de la vida de aquella generación.


Re: Ser una víctima no convierte a alguien en una buena persona
15-3-2018 13:16
Por Verion
Tendría que haber un himno a los caídos...
Re: Ser una víctima no convierte a alguien en una buena persona
16-3-2018 17:47
Por Rigal
La escena del bar en Italia y cómo regresan las cosas a la normalidad tras las horas es una lamentable historia que creo que se le ha repetido a varias personas.

Una buena reflexión a la que hay poco más que añadir.

Tuve la suerte de en algún momento de pasar del grupo de los pardillos al de los guays sin dejar de hablarme con los pardillos. Lo bueno de esa posición es que podías decirle a un guay que ya era suficiente cuando se metía con un pardillo, sin malos rollos, sin peleas sin tensiones. Mi conclusión de la experiencia es que las cosas se pueden cambiar desde dentro, aunque para ello haya que infiltrarse y convertirse en un camaleón social.